Courtney Barnett y Erykah Badu, traspaso de poderes en el Primavera Sound de las mujeres
Antes de eso, Christine & The Queens, embajadora del nuevo chic francés, ya hizo lo suyo por arrastrar al público a la pista de baile con una aeróbica y coreografiada sesión de funk ochentero y espejado. Groove infeccioso con cinco bailarines en escena y lluvia de confeti con el que el festival empezó a parecer, ahora sí, otra cosa. El guante lo recogió a pocos metros (y con algo de retraso) el rapero estadounidense Nas, cuyo debut en España dejó pequeño el escenario Ray-Ban y apuntaló esa apuesta por la música negra que viene haciendo desde hace años el festival y desde la que ha empezado a explorar otras latitudes sonoras. Sobre el escenario, y mientras el neoyorquino disparaba rimas, una batería reforzaba las bases, el DJ se entretenía lanzando samples de Eurythmics y todos juntos preparaban el terreno para Erykah Badu y Future.
Erykah Badu, durante su actuación en Barcelona
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EFE
Con la diva tejana, de hecho, el festival contuvo el aliento y casi se acaban ahogando a fuerza de esperar que aquello arrancase. Y es que a la autora de »Baduizm», magnético estandarte del neosoul, le costó lo suyo desperezarse mientras la banda se enredaba en pasajes de jazz cósmico. Eso sí: para cuando llegaron «I Want You» y «Love Of My Life» quedó claro porqué la estadounidense se ha convertido en una de las voces imprescindibles del soul contemporáneo. Pinceladas funk y virutas soul que quizá supieron a poco, sí, pero que encarrillaron un cambio de rumbo al que los neoyorquinos Interpol llegaron para oficializar el traspaso de poderes. Se arrancaron con «C’mere», tiraron con ganas de retrovisor y volvieron a hacer valer el sombrío y ceñudo poderío eléctrico de himnos como «Evil» y «PDA». Como siempre, sí, pero en formato XXL y sonando como nunca.
A media tarde, Stephen Malkums se había hecho querer una vez más en el escenario Primavera con sus canciones despeinadas y canosas y ese candor desastrado que viene arrastrando desde los días de Pavement, mientras que, entrada ya la noche, Courtney Barnett firmó una de las actuaciones más memorables de la jornada. A la australiana le bastó con exprimir a conciencia el formato power trio y servir como un cohete canciones como «I’M Not Your Mother, I’m Not Your Bitch», «Nameless, Faceless» y «Pedestrian At Best» para reivindicarse como superdotada y crispada renovadora del rock de autora y aventajada pupila de los Modern Lovers...
¿Más imágenes de este cambio de guardia? Veamos: Big Thief estrenando el césped artificial de la explanada también conocida como Mordor con sus melodías playeras y su suave desgarro; la liturgia pop de Mac DeMarco y su botella de vino; el despendolado y aflautado karaoke de Charli XCX (con visita sorpresa de Christine & The Queens incluída)... El espectro musical, no hay duda, seguirá ampliándose, pero de momento lo que ya ha crecido es el aforo –de las 60.000 del año pasado a las 64.500 de este–, la ornamentación vegetal e incluso los estímulos extramusicales. Ahí están, por ejemplo, la tienda de ropa cortesía de uno de los patrocinadores con la que uno se topa nada más acceder al recinto o los cuatro miniapartamentos creados por otro patrocinador que permiten (sic) «vivir el festival con la comodidad del hogar». Cosas veredes para un festival en clara expansión.