Amenazas con Rivera de comparsa
El PNV amenaza la investidura de Pedro Sánchez para garantizar una mayoría batasuna en Navarra. Valls amenaza con entregar Barcelona al populismo separatista de Colau, por más que la maquille. Abascal amenaza con tumbar cualquier alianza entre PP y Ciudadanos si no recibe garantías decisorias y fotografías blanqueadoras. Ciudadanos amenaza con no entrar en ningún gobierno con Vox.
Errejón amenaza a Iglesias
con refundar Podemos desde otra estética, y a Vox y al PP ofreciendo acuerdos a PSOE y Ciudadanos. E Iglesias amenaza a Sánchez con vetar su investidura si no lo convierte en icono de su Gobierno… Trueques y cambalaches no concebidos para gobernar, sino para obtener rédito de que sea otro quien no gobierne, no contamine, no altere. Pero la alternativa a tanta amenaza es el bloqueo total. Una España convertida en zona cero. Inviable.
Salvo alguna excepción que pueda producirse, todo se expone en un escaparate ficticio. Es el tacticismo teatral del «bienqueda», la oferta a la desesperada del perdedor frustrado que simula imponerse. Tanto enredo alcanza un éxtasis delirante en Madrid: Ciudadanos pide al PSOE que apoye al PP en la alcaldía y la comunidad para que no tenga que hacerlo Vox. Es pedir a Sánchez que alivie a Rivera de una carga tóxica -compartir cama con Abascal- para salvar a Casado. De manicomio. Pero alterar las reglas del juego, ahora con las urnas ya volcadas, comporta riesgos. Rivera dijo «no» a Sánchez, y el PSOE dijo «no» a Rivera. Por interés propio, ambos coincidieron en diseñar una estrategia para que el votante identificara a Ciudadanos con el PP. Y olvidar ahora aquello de «la derecha, la extrema derecha y la extrema, extrema derecha», la «foto de Colón», o la derecha «trifálica» amenaza con ser letal para Rivera si se convierte en la concubina de Sánchez.
En diciembre, tras las elecciones andaluzas, Ciudadanos aceptó a Vox como animal de compañía. Y no fue penalizado después en las generales. Al contrario, superó al PP en esa autonomía. Vox es una anomalía que contamina a Rivera a corto plazo, no a largo. Pero Vox tiende a «institucionalizarse», su frenada ha sido brusca y la moda siempre es pasajera. El éxito insuficiente de Ciudadanos consistió en hurtar votos al PP y en fagocitarlo confundiéndose con la derecha moderada. De hecho, su pacto de fallida investidura con Sánchez en 2016 fue castigado en las urnas, y si antes pudo ser el tiempo de las bisagras ambivalentes, hoy el elector exige alianzas coherentes.
El dilema de Rivera no es negociar Madrid, Murcia y una veintena de alcaldías con el PP. O pactar Aragón y Castilla y León con el PSOE. Ni siquiera le preocupan díscolos como Valls e Igea, o la amenaza de incipientes baronías-forúnculo en Ciudadanos. El problema de Rivera es haber perdido cuatro años más para ser presidente del Gobierno. Y para sobrellevar la frustración, aliarse con Sánchez carecería de sentido si 2,5 millones de sus votantes provienen de un PP cuya infección empieza a remitir. No tendría fácil explicar con un mínimo de coherencia cómo puede ser al mismo tiempo gobernante, cogobernante, aliado ramplón y oposición.