Ayn Rand, en huelga contra la autoinmolación
Estudiada en las escuelas de secundaria y en la universidad, citada en todos los mítines republicanos, la influencia de Rand sería tal que en una encuesta de los años 90 efectuada por la biblioteca del Congreso donde se preguntaba a los americanos cuál era el libro que más les había marcado, «La rebelión de Atlas» figuraba en segunda posición, después de la «Biblia». Rand nació en el seno de una familia judía no practicante, y odiaba la revolución de 1917 que había expropiado a su padre de su farmacia. Después de estudiar filosofía y cinematografía en San Petersburgo, emigra a Estados Unidos en 1926 y se introduce en el mundo del cine en Hollywood, tras conocer a Cecil B. De Mille. En 1936 publicó el que más tarde sería su primer gran éxito internacional, «Los que vivimos». Lo más parecido, como ella misma dijo, a una autobiografía sobre la vida de «una fanática del individualismo» bajo el régimen totalitario soviético.
Asunto insólito
Defendió el «objetivismo», una escuela prácticamente desconocida en Europa, que abogaba por la responsabilidad y la autonomía individuales y un mínimo papel otorgado al Gobierno, al que se acusaba de ser demasiado intervencionista, como se expondrá en su opera magna «filosófica», «La rebelión de Atlas» (1957). Esta novela gozó de un tremendo éxito a través de los tiempos hasta llegar a los nuevos «señores del mundo», los genios informáticos de Sillicon Valley que la tienen como autora de cabecera. No exenta de paradojas, fue atea militante (como el «ideólogo» de su novela, John Galt) en el mundo de la derecha americana que apela a valores cristianos.
Tras «El manantial» (1943) siempre quiso escribir una novela «mucho más social», que sería «La rebelión del Atlas». De tono visionario y distópico, Rand extendió sus ideas, a través del que se convertirá en un héroe de la mitología capitalista, John Galt. Un nombre que circula por toda la obra como una invocación o una interrogación metafísica: «¿Quién es John Galt?». Titulada en muchos países «La huelga», el tema en esta novela de ciencia ficción entre filosófica, ética y política era insólito: una huelga de empresarios ante la catástrofe colectivista hacia la que se dirige un mundo en decadencia (es decir, América) si sigue entregándose a parásitos.
La idea ya estaba en «El manantial»: ¿qué pasaría sin los que piensan, trabajan y producen por todos?, sin sus élites, sin los hombres «en la cúspide de la pirámide intelectual». ¿Qué sucedería si estos se retiran a una montaña, como en la novela? Uno tras otro, los grandes espíritus irán desapareciendo misteriosamente. «Tal es la naturaleza de la “competición” entre el débil y el fuerte del intelecto. Y tal es el esquema de “explotación” por el que habéis condenado al fuerte. Estamos en huelga contra la autoinmolación, contra el credo de recompensas inmerecidas y de deberes sin recompensa, contra el dogma de que buscar la propia felicidad es malo», dirá John Galt, en su largo discurso final.