El discurso, algo más que palabras
De modo que, aceptado lo antedicho, no nos queda más remedio que reconocer que vivimos en la que tal vez sea la ciudad más reaccionaria de España, pues que en ella no hay autoridad, jerarquía o representación que mantenga con la Gramática no ya relación amistosa sino de mera coexistencia pacífica. No es queja a humo de pajas, sino fundada en la bastante paciente (y algo masoquista) anotación de dichos y expresiones que periódicos y emisoras de radio atribuyen a nuestros representantes en la ‘res publica’, asalariados, en consecuencia, con la ‘pecunia pública’. Y para el caso son iguales gobierno y oposición, gallego y castellano, ayuntamientos y diputaciones, gentes y gentas, como dijo aquel portavoz municipal cuando su alcaldesa le cedió el atril itinerante con que se patalea la dignidad verbal por barrios y parroquias.
Alguna vez pedimos, desde aquí mismo, que la ciudad de Ourense honrase con lápida callejera la memoria de don Juan de la Coba. Y también solicitamos, en ocasión reciente, mención epigráfica barcelonesa para don Joan Pich i Pon, el inolvidable alcalde a quien cupo el honor de inaugurar el primer restaurante de su ciudad «con luz genital». Aquí, en el distrito municipal donde vivo, los consistoriales están en deuda con su maestro en Gramática, Retórica y Dialéctica, el gran Prado Mañobre. Todos («y todas» añadirían sus discípulos) le deben su pericia en el cultivo del barbarismo, la palabra incorrecta y el solecismo. Unos se proclaman conservadores, socialistas otros, nacionalistas éstos y populistas aquéllos. Pero todos son a la postre uno y lo mismo: reaccionarios y mentecatos.