La tarjeta de visita de León XIV
En el paso de León XIV por nuestro país, llama la atención de que, en cada una de las etapas de su periplo pastoral, está acumulando unos centros de atención social en los que la pobreza y el descarte se revelan como una realidad presente en una sociedad que presume de proteger la dignidad humana y de promover los derechos.
En su paso por Madrid, tras una visita protocolaria –encuentro con los Reyes, autoridades y cuerpo diplomático–, su primer acto de relevancia ha sido el encuentro con los asistidos, trabajadores y voluntarios del proyecto social «Cedia 24 horas»; un centro de acogida de personas sin hogar de Cáritas, en el barrio de Carabanchel. En su visita a Barcelona se aproximará al centro penitenciario Brians 1, donde dirigirá un saludo a los reclusos y a los agentes que trabajan en la pastoral penitenciaria.
Su paso más explícito por las realidades de marginación y pobreza será por las diócesis canarias.
El jueves, tras aterrizar en Gran Canarias, el papa León irá al puerto de Arguineguin que, en plena pandemia, fue conocido como el «campamento de la vergüenza» por el hacinamiento de personas migrantes: más de dos mil personas en un espacio provisional y limitado pensado para cuatrocientas. El día siguiente, el último de su visita apostólica, volverá a estar centrado en el drama de la migración. León se reunirá, en el centro de Las Raíces en Tenerife, con diversas entidades vinculadas al acompañamiento de inmigrantes.
Es evidente que este programa no es casual. En el conjunto de la vista pastoral esconde un significado que lejos de ser pasado por alto, conviene desentrañar. Para el signatario de «Delexi te. Sobre el amor hacia los pobres», constituye su tarjeta de visita; más aún, su carta de presentación. El Vicario de Cristo no puede por menos que manifestar a quien representa y su tarjeta de vista no puede dejar de ser la misma que la que utilizó su Maestro y Señor.
Es el evangelista Lucas quien, citando la profecía de Isaías, escenifica la tarjeta de visita que Jesús, el Cristo, presenta a sus paisanos y, a través de ellos, a una humanidad necesitada de gracia y de esperanza: El Espíritu me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres. El papa León ha venido de visita pastoral a España para anunciar el evangelio de Jesucristo a los pobres. Este anuncio, sin duda, tiene consecuencias eclesiales, sociales, culturales, políticas, económicas… Pero el presupuesto para que el germen de vida que contiene el Evangelio se pueda desarrollar en todas las dimensiones existenciales y sociales que componen la trama humana pasa por encontrar hombres y mujeres, al menos, abiertos a una novedad que viene de otra ladera y que siempre la cumple un enviado.
Dios siempre busca a los pobres. No porque no busque a todas su criaturas. No porque no desee compartir su vida con todo ser humano. Sino porque, como buen Padre, va al encuentro de aquellos hijos suyos que, porque sufren las consecuencias de la desventura, la injusticia y el descarte, pueden parecer desheredados de su amor.
Su Hijo, Jesús, carga sobre sí la preferencia del Padre y se empobrece hasta el extremo de hacerse uno con los últimos para, en su pobreza, enriquecerlos con su compañía, su gracia y la vida. Los pobres son la otra cara del Evangelio. En verdad, Jesucristo solo es buena noticia para los pobres y solo los que se reconocen pobres pueden reconocen en el Pobre de Yahveh el Evangelio. Un evangelio que ilumina, fortalece, da sentido y abre un horizonte de esperanza.
Pero, entonces, ¿el Papa León viene a visitar solo a los pobres? No y sí. Fiel a su experiencia bimilenaria, la Iglesia ha acuñado una afirmación que ilumina lo que venimos diciendo: «Los pobres nos evangelizan». Buscando su sentido Delexi te se pregunta: «¿De qué manera?», a lo cual el Papa agustino responde: «Los pobres, en el silencio de su misma condición, nos colocan frente a la realidad de nuestra debilidad […] En esencia, ellos revelan nuestra fragilidad y el vacío de una vida aparentemente protegida y segura» (nº 109).
La tarjeta de visita del Pontífice está ofrecida. En ella, a través de varios encuentros significativos, está escrito: «Vengo a anunciar la buena noticia a los pobres». Nadie está excluido. Solo una condición, que es doble: es preciso entrar en la lógica del Evangelio para acercarse y reconocer a los más desfavorecidos como hermanos; y, en ese encuentro, tener el valor de identificar y aceptar cualquiera que sea nuestra pobreza.
Todos estamos cercados por unos límites infranqueables –enfermedad, soledad, culpa moral, dificultades económicas, ancianidad…– de los que hemos de ser rescatados con un testimonio de amor y una palabra de esperanza que viene del otro lado. Jesucristo es su testigo fiel y ahora ese testimonio lo viene a dar su Vicario.